La trampa de los suplementos de vitaminas

Joyce Hesselberth

Las dudas sobre la eficacia de los suplementos de vitaminas para mejorar la salud se acumulan desde hace décadas. En los últimos años se han multiplicado, además, las advertencias sobre potenciales efectos adversos. A pesar de esos problemas, millones de personas toman una dosis de multivinaminas al día. Esa costumbre se sustenta en una creencia vaga de que esa pastilla les hará sentir mejor, aunque nadie parece tener claro qué beneficios concretos aporta.

¿Cómo empezó la moda de los suplementos de vitaminas?

Poca gente sabe que el consumo masivo de esos suplementos se remonta a una campaña que inició un solo hombre, un científico estrella estadounidense que entró en crisis al acercarse su jubilación y sucumbió a los consejos infundados de un quiropráctico que le prometió alargar su vida hasta más allá de los cien años.

Antes de sumergirnos en la vida del químico Linus Pauling, un rápido apunte:

Las vitaminas juegan un papel clave en el proceso metabólico que convierte los alimentos en energía y participan en otras funciones importantes del organismo. El problema con la mayoría de vitaminas es que el cuerpo no las fabrica por sí mismo, sino que deben ingerirse con la comida, o bien a través de suplementos.

Se han identificado trece vitaminas. Nueve de ellas se disuelven fácilmente en el agua, se eliminan con la orina y no se acumulan en el organismo. Son estas: B1 (tiamina), b2 (riboflabina), B3 (ácido pantotético), B6 (piridoxina), B7 (biotina), B9 (ácido fólico), B12 (cobalamina), C (ácido ascórbico).

Cuatro vitaminas, en cambio, no son solubles en el agua, se disuelven con las grasas y se almacenan en el hígado y otros tejidos. A (betacaroteno), D (calciferol), E (tocoferol) y K (filoquinona).

Ingerir todas esas sustancias de forma regular requiere una dieta variada, algo que no resulta sencillo para todo el mundo. Por eso existen los suplementos vitamínicos.

Sin embargo, una persona que tome altas dosis de vitaminas sin sufrir una deficiencia puede ver incrementado el riesgo de sufrir cáncer y problemas cardiovasculares, entre otros problemas. (explicación, explicación).

El responsable principal de que un porcentaje elevado de la población global consuma vitaminas sin control es Linus Pauling, un profesor del Instituto de Tecnología de California (Caltech) que en 1931 saltó a la primera línea del mundo científico al publicar el artículo “The Nature of the Chemical Bond”.

Pauling revolucionó la química teórica al describir desde un nuevo punto de vista los tipos de enlace químicos conocidos. Los conceptos que puso sobre la mesa eran tan innovadores que el editor de la revista Journal of the American chemical Society no pudo encontrar a nadie con la cualificación adecuada para revisarlo.

Casi 20 años después, publicó “Sickle Cell Anemia, a Molecular Disease”, un trabajo en el que descubrió que algunas alteraciones de la hemoglobina, la proteína que transporta oxígeno en la sangre, se deben a cambios en su carga eléctrica.

Poco más tarde vio la luz “The Structure of Proteins”, un estudio en el que Pauling proponía que las proteínas no estaban compuestas solo por aminoácidos, sino que contienen una estructura secundaria que determina cómo se pliegan sobre sí mismas. A una de esas configuraciones la llamó “alpha helix”, una denominación que fue utilizada más tarde por James Watson y Francis Crick para explicar la estructura del ADN.

Linus Pauling, el hombre vitamina

Sus descubrimientos le valieron el premio Nobel de Química en 1954, un reconocimiento que le hizo saltar a la fama.

Utilizó ese prestigio para dar conferencias en contra de la guerra y la proliferación nuclear, una postura similar a la que había adoptado años antes Albert Einstein. Siguiendo la senda del célebre físico, Pauling publicó en 1958 el libro “No More War!”, que se convirtió en un bestseller y facilitó que en 1962 la academia sueca le concediera su segundo Nobel, el de la Paz.

EL FIN DEL RIGOR

Con sus aspiraciones científicas y sociales cubiertas, Pauling se enfrentaba al ocaso de su carrera con 65 años. En ese momento se cruzó con Irwin Stone, un hombre que se hacía llamar doctor, aunque no había pasado del segundo curso de la carrera de química -más tarde recibió una licenciatura honoraria de la Universidad de Quiropráctica de Los Ángeles-.

En una de sus conferencias en Nueva York, en 1966, Pauling expresó su deseo de vivir al menos quince años más para poder ser testigo de algunos de los avances científicos que se atisbaban entonces en el horizonte.

Entre el público de esa conferencia estaba el quiropráctico Stone, que no desaprovechó la oportunidad de ejercer su influencia sobre una persona que comenzaba a mostrarse vulnerable.

Tras escuchar aquella conferencia, Stone envió una carta a Pauling en la que le aseguraba que si tomaba 3.000 miligramos de vitamiana C al día viviría al menos hasta los 90 años, quizás más.

El eminente científico, entrado ya en la tercera edad, no necesitó en aquella ocasión mayores pruebas que el convincente discurso del quiropráctico. Comenzó a tomar megadosis diarias de ácido ascóribco que multiplicaban por 30 la dosis recomendada para hombres adultos de 90 miligramos.

Inmediatamente comenzó a sentirse “más vivo y sano”, en sus propias palabras. No solo eso, sino que observó que dejaba de resfriarse de forma recurrente como le solía ocurrir. Emocionado, no dudó en elevar la dosis diaria de vitamina C a 18.000 miligramos al día.

La pasión por el ácido ascórbico como fuente de la eterna juventud pasó a ocupar la mayor parte de su tiempo y en 1970 publicó “Vitamin C and the Common Cold” (“La vitamina C y el resfriado común”), en el que recomendaba a todo el mundo tomar como mínimo 3.000 miligramos de la sustancia al día.

La reputación de Pauling como científico de prestigio, doble ganar del premio Nobel, ayudó a que el libro se convirtiera en un éxito de ventas. También cuadruplicó las ventas de ácido ascórbico en Estados Unidos. Los fabricantes bautizaron ese aumento en la popularidad de la vitamina C como el “efecto Pauling”.

El éxito le llevó a dar un paso más allá. En 1973 publicó una edición extendida de su libro con un sutil pero significativo cambio en el título: “Vitamin C, the Common Cold and the Flu” (“Vitamina C, el resfriado común y la gripe”).

La comunidad científica, sin embargo, no estaba tan exaltada como Pauling y su público. Tres décadas antes, en 1942, la Universidad de Minnesota ya había estudiado el efecto de los suplementos de vitaminas en el resfriado.

Un trabajo publicado en Journal of the American Medical Association había analizado la respuesta a la suplementación con vitaminas en 980 casos de resfriado en un estudio controlado. Su conclusión fue que la vitamina C no tiene ningún efecto relevante en la duración o la severidad de los resfriados. Ni hablar, por supuesto, de la gripe.

La insistencia de un investigador tan importante como Pauling hizo que otros equipos se lanzaran a repetir experimentos similares.

Científicos de la Universidad de Maryland dieron 3.000 miligramos de vitamina C al día durante tres semanas a once voluntarios y una píldora de azúcar a otros diez. Pasadas esas tres semanas, infectaron a los voluntarios con un virus del resfriado común. Todos ellos desarrollaron los mismos síntomas durante periodos de tiempo similares.

En la Universidad de Toronto llevaron el estudio clínico más allá y reclutaron a 3.500 voluntarios que tomaron vitamina C en dosis de hasta 2.000 miligramos o bien placebo. De nuevo, no hubo diferencia en la prevención de resfriados.

Estudio tras estudio, hasta al menos quince trabajos, demostraron que no existe relación entre el ácido ascórbico y la prevención de resfriados.

Pauling, sin embargo, ignoró la evidencia y continuó promocionando el consumo de vitamina C en artículos, conferencias y libros. Cuando en alguna ocasión mostró en público síntomas de estar resfriado, lo achacó a una alergia.

CURAR EL CÁNCER CON VITAMINAS

El principio del fin de la reputación científica de Pauling llegó cuando comenzó a defender que la vitamina C puede tratar el cáncer.

El estadounidense recibió una carta de un cirujano escocés, Ewan Cameron, en la que le aseguraba que en su pequeño hospital de Glasgow los pacientes oncológicos mejoraban visiblemente cuando tomaban grandes dosis de vitamina C.

Sin mayores comprobaciones, Pauling envió los descubrimientos de Cameron para que fueran publicados en la prestigiosa revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS). Ese estudio fue el cuarto trabajo en la historia de la publicación que fue rechazado por los editores pese a haber sido remitido por un miembro de la academia.

Al analizar los datos del cirujano escocés, quedó claro que los pacientes que tomaron suplementos vitamínicos eran los que presentaban un mejor cuadro clínico desde el primer momento. Su mejoría no se podía atribuir al ácido ascórbico.

Pauling entró a partir de ese momento en una espiral irracional que le llevó a asegurar, en 1977, que la vitamina C podía reducir en un 75 % los casos de cáncer en Estados Unidos. También podía provocar que la esperanza de vida en el país se elevara hasta los 100 o 110 años a corto plazo. “Con el tiempo, la edad máxima podría llegar a los 150 años”, llegó a elucubrar el antiguo científico.

Sin realizar ningún estudio ni necesitar mayores pruebas, el dos veces premio Nobel comenzó además a promocionar la venta de suplementos multivitamínicos.

Comenzó una campaña para vender un cóctel de 25.000 unidades internacionales de vitamina A, 1.600 unidades de vitamina E, selenio y betacarotenos, además de vitamina C. No solo aseguraba que prevenía los resfriados y trataba el cáncer. Su fórmula servía supuestamente para curar enfermedades cardiovasculares, trastornos mentales, neumonía, hepatitis, polio, tuberculosis, alergias, asma, artritis, diabetes, y otras muchas dolencias. En general, todas las que se le llegaron a ocurrir.

A pesar de la locura en la que se había sumido Pauling y su completo desprestigio entre la comunidad científica, sus dos premios Nobel todavía eran una carta de presentación insuperable para los medios de comunicación.

En 1992, la revista Time llevó a su portada los mensajes de Pauling en un artículo titulado “El verdadero poder de las vitaminas”. El texto aseguraba que los suplementos multivaminas podrían ayudar a combatir el cáncer, las enfermedades cardíacas y el envejecimiento.

El impacto de ese y otros artículos en la industria de las vitaminas fue imparable. Las ventas se multiplicaron, un efecto en cadena que no ha decrecido hasta hoy.

MÁS RIESGOS QUE BENEFICIOS

Los suplementos de vitaminas han demostrado ser útiles para personas con deficiencias alimenticias. Para la población general, sin embargo, pueden ser peligrosos.

En 1994, un ensayo clínico monitorizó la salud de 29.133 fumadores finlandeses de alrededor de 50 años. A un grupo de esas personas se les dio un suplemento de betacaroteno (vitamina A). Entre esos individuos, la incidencia del cáncer de pulmón se incrementó en un 16 %. (explicación)

Un estudio sobre mujeres posmenopáusicas arrojò resultados similiares en Estados Unidos. Tras diez años tomando una dosis diaria de ácido fólico (vitamina B), el riesgo de cáncer de mama se incrementó un 20 % respecto a las mujeres que no recibieron el suplemento.

En 1996, un estudio sobre más de 1.000 fumadores se abortó dos años antes de lo previsto al detectar que tras cuatro años de suplementación con betacaroteno se incrementaba un 28 % la incidencia de cáncer de pulmón y un 17 % la mortalidad.

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